Textos

Todo lo que hacemos —ya sea trabajar la madera o la piedra, preparar una comida, un trabajo artístico o intelectual—, puede ser un acto automático o creativo. Cuando actúo como siempre, me limito a repetir. Cuando tengo que producir algo, lo primero que hago es escarbar en mis recuerdos sobre el tema. Luego reúno toda mi experiencia y mi saber. Mi mente se pone en movimiento, mi cuerpo la sigue y a ratos me siento interesado en lo que estoy haciendo. Pero todo este proceso es automático y algo en mí lo sabe. No es necesario hacer lo que hago de una determinada manera y puedo hacerlo a mi propio ritmo. Quizá consiga hacerlo bien, pero lo hecho no tiene ninguna capacidad para cambiarme.
Todo cambia cuando lo que hago no es una repetición, sino algo nuevo, una acción que solo puede realizarse en el presente para responder a una necesidad que reconozco en este momento. Entonces, solo hay un ritmo posible y ningún otro puede reemplazarlo. En un acto creativo, proviene de una fuerza de vida irresistible, reconocida como una verdad que respeto. Y es esta fuerza la que entiende lo que se debe hacer y dirige mi mente y mi cuerpo. La que se convierte en acción y en objeto, con una inteligencia y un dinamismo irresistibles. Hay una palabra que no puedo dejar de decir, un sonido que no puedo dejar de expresar.
Para actuar así tengo que ser libre; no dejarme llevar por ninguna idea, ninguna imagen, ningún recuerdo. Ser libre no es liberarse de algo, sino poder estar en el presente, en un momento que existe por primera vez.

La realidad del ser, Jeanne de Salzmann